
ATRACCIÓN FATAL
Atracción fatal, como en la película, es la que padece uno de los tres protagonistas de mi novela “Tres entre rayas”, un thriller negro, muy negro, donde ese tercer protagonista siente de modo distorsionado su amor, que se convierte en una atracción sin control, autodestructiva, enfermiza, ajena a su voluntad. Esta novela no voy a publicarla con la editora de mis cuatro últimas, porque, como sabréis algunos, me ha robado mis derechos de propiedad intelectual de cuatro años. Ya ha reconocido la estafa (que atribuye a un despiste) y ha mandado una abogada a negociar, pero todavía no se ha concretado el pago. En realidad, “Tres entres rayas” no voy a publicarla en papel, por ahora, ni, desde luego, en Barcelona. La podéis encontrar en un portal de internet.
En resumen, la historia es la siguiente: Julián Cano es un pintor de treinta años, que goza de gran éxito internacional. Vive en Caracas porque su marchante catalán quiere que resida en Miami, pero tras intentarlo no consigue acostumbrarse, y prefiere Venezuela (antes de que se produjera el cambio de régimen) Por presión de una amiga íntima, se ve obligado a alojar a un amigo mutuo, cuya mujer lo ha abandonado, por lo que ha intentado suicidarse; Rubén Escudero, un tío guapísimo y aparentemente muy frívolo, es el único heredero del hombre más rico de América Hispana. Las circunstancias les convierten en amigos sospechosamente íntimos para el gusto del distante, altanero y poderosísimo padre de Rubén, y Julián se ve, de repente, acosado por un tropel de sicarios que tratan de matarlo y debe huir a través de Venezuela, España, Portugal, Argentina, Brasil Curaçao, México y Estados Unidos. Inesperadamente, interviene en la afanosa huida un antiguo amigo de Rubén cuyos propósitos son impredecibles. Además, un enigmático, inquietante y ambiguo norteamericano, que dice trabajar para un departamento legal de su país, le asegura que Rubén y su padre poseen la mayor red narcotraficante del mundo. En “Tres entre rayas”, describo métodos de narcotráfico muy insólitos y situaciones de altísima tensión.
Más abajo, transcribo las primeras páginas.
http://www.luismelero.com/
http://blogs.que.es/opinionluismelero/post
http://luismeleroopina.blogspot.com/
TRES ENTRE RAYAS
Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto. Kurt Cobain
La imaginación es nuestra droga más limpia, el avión que nos lleva más lejos y los cimientos de nuestros sueños.
I- DESCUBRIMIENTO
Corría sin aliento parque adelante, sin atreverse a volver la vista atrás por miedo a que un movimiento tan simple le hiciera perder tiempo, pérdida que sería un error fatal si todavía le seguían.
Recordó que iba descalzo cuando una de las zancadas lo situó en medio de un charco, producto del riego reciente. Hasta ese momento, sólo le había preocupado llevar el torso desnudo y no por la temperatura que, aún pasada la medianoche, era agradablemente tibia, sino porque la policía lo pararía si tenía la mala suerte de topar con un coche patrulla y en el caso de ser obligado a detenerse para dar explicaciones sobre su insólito aspecto y por no llevar documentos, los otros, quienesquiera que fuesen, le alcanzarían y, a juzgar por lo ocurrido en el estudio, no les importaría disparar también contra la policía. Unos minutos habían bastado para comprender que eran implacables y que no temían a nada ni a nadie.
Tras lo sucedido en el estudio, un instante de vacilación le costaría la vida. La actuación de los seis u ocho hombres había dejado claro que no deseaban amedrentarle ni negociar; lo único que pretendían era su muerte. No podía pararse a comprobar si continuaban la cacería, debía correr tanto como le permitieran sus fuerzas y desaparecer para sus cazadores.
Sintió que resbalaba en la humedad del suelo y, para no estrellarse, se lanzó hacia el seto que bordeaba el paseo. El tronco de un añoso caobo le permitió frenar, y así pudo recomponer el equilibrio para no caer. Durante los breves segundos empleados en volver a tomar impulso para reiniciar la frenética carrera, Julián Cano se concedió mirar atrás. El paseo estaba desierto y en silencio. El pequeño parque situado al pie del conjunto de edificios tenía reputación de ser muy peligroso; aunque solía hacer allí footing por las mañanas, jamás lo había recorrido de noche a pie; ahora no veía merodeadores, lo que podía ser un síntoma de que quienes querían matarlo habían tomado posiciones en alguno de sus vericuetos.
Los helicópteros tenían que haber actuado de modo que no pudieran ser detectados al sobrevolar la ciudad y habrían volado bajo hasta algún punto estratégico en el parque Los Caobos, pues el pináculo acristalado del lujoso pent house que ocupaba su estudio era visible desde gran parte de los jardines. Este pensamiento aumentó su alarma; si la deducción era correcta y el parque había sido el punto de partida para la última etapa del asalto, debía de haber un grupo organizando la retirada de los atacantes, lo que explicaría el extraño silencio; el parque era, precisamente, el lugar donde menos le convenía permanecer.
No conseguía descubrir signos de que corrieran tras él, pero forzó la velocidad de las zancadas a pesar de sentirse extenuado y de las punzadas que comenzaban a agarrotarle el vientre y los muslos, agitado por el terror y ansioso de salir cuanto antes a las animadas calles de la zona de Sabana Grande, donde podría escabullirse entre los grupos de noctámbulos. Necesitaba angustiosamente llegar al bar Shangai.
Cuando alcanzó el tramo de avenida que le conduciría a la zona de bares y discotecas, se creyó a salvo, pues había mucho tráfico, y aminoró la carrera para tomar aliento. Aunque la calzada estaba completamente llena de coches, que avanzaban lentamente bajo un estrépito de voces festivas que se comunicaban sus destinos y proyectos de diversión de vehículo a vehículo, era escasa la gente que circulaba a pie por las aceras. Algunos lo miraron con curiosidad y por ello se descubrió la sangre en brazos y piernas; tenía la piel cosida a pequeños cortes, no en balde había escapado completamente desnudo bajo una lluvia de fragmentos de vidrio, pero se dijo que no podía sufrir heridas importantes, puesto que acababa de correr sin dificultad más de tres kilómetros. El short que le había dado Ralph, la única ropa que le cubría, tenía manchas de sangre también, pero ninguna parecía húmeda; en todo caso, no sentía dolor o el que sintiera se encontraba eclipsado por el ahogo de la carrera. Para que la curiosidad de los viandantes no se trocara en suspicacia, fingió ser un extravagante practicante nocturno de footing y adoptó la pose atlética y el movimiento rítmico propio de tal deporte.
Antes de llegar al Shangai, tenía que atravesar la zona de la ciudad más animada a esa hora. No iba ser fácil alcanzar el local sin ser abordado por un policía que hallara sospechosa su desnudez. Se preguntaba si sería mejor continuar corriendo o andar con naturalidad cuando oyó el silbido de una bala que pasó rozándole el hombro izquierdo, tan cerca, que sintió en su piel desnuda la fricción del aire agitado por el proyectil. De un brinco, se parapetó tras un vehículo aparcado, pero no consiguió localizar el punto de donde la bala había partido, un coche o desde la otra acera. No tenía tiempo para averiguaciones, urgía correr. Tomó una estrecha transversal por la que no podían seguirle en coche, aunque el desvío aumentaba dos manzanas el recorrido hasta el Shangai. ¿Tenía una alternativa mejor que ir al Shangai? No. Cualquier otro destino exigiría el uso de un vehículo, pues sus amigos más íntimos vivían en elegantes urbanizaciones del extrarradio, todas a más de diez kilómetros de autopista.
Para tomar aire, paró en seco junto al desconchado muro que cercaba un solar. Dado que la Ombú era la única persona a la que podía recurrir, no le convenía desvelar a sus perseguidores a dónde se dirigía. Con agilidad producto de la rabia, escaló el muro
Atracción fatal, como en la película, es la que padece uno de los tres protagonistas de mi novela “Tres entre rayas”, un thriller negro, muy negro, donde ese tercer protagonista siente de modo distorsionado su amor, que se convierte en una atracción sin control, autodestructiva, enfermiza, ajena a su voluntad. Esta novela no voy a publicarla con la editora de mis cuatro últimas, porque, como sabréis algunos, me ha robado mis derechos de propiedad intelectual de cuatro años. Ya ha reconocido la estafa (que atribuye a un despiste) y ha mandado una abogada a negociar, pero todavía no se ha concretado el pago. En realidad, “Tres entres rayas” no voy a publicarla en papel, por ahora, ni, desde luego, en Barcelona. La podéis encontrar en un portal de internet.
En resumen, la historia es la siguiente: Julián Cano es un pintor de treinta años, que goza de gran éxito internacional. Vive en Caracas porque su marchante catalán quiere que resida en Miami, pero tras intentarlo no consigue acostumbrarse, y prefiere Venezuela (antes de que se produjera el cambio de régimen) Por presión de una amiga íntima, se ve obligado a alojar a un amigo mutuo, cuya mujer lo ha abandonado, por lo que ha intentado suicidarse; Rubén Escudero, un tío guapísimo y aparentemente muy frívolo, es el único heredero del hombre más rico de América Hispana. Las circunstancias les convierten en amigos sospechosamente íntimos para el gusto del distante, altanero y poderosísimo padre de Rubén, y Julián se ve, de repente, acosado por un tropel de sicarios que tratan de matarlo y debe huir a través de Venezuela, España, Portugal, Argentina, Brasil Curaçao, México y Estados Unidos. Inesperadamente, interviene en la afanosa huida un antiguo amigo de Rubén cuyos propósitos son impredecibles. Además, un enigmático, inquietante y ambiguo norteamericano, que dice trabajar para un departamento legal de su país, le asegura que Rubén y su padre poseen la mayor red narcotraficante del mundo. En “Tres entre rayas”, describo métodos de narcotráfico muy insólitos y situaciones de altísima tensión.
Más abajo, transcribo las primeras páginas.
http://www.luismelero.com/
http://blogs.que.es/opinionluismelero/post
http://luismeleroopina.blogspot.com/
TRES ENTRE RAYAS
Las drogas destruyen tu memoria y tu propio respeto. Kurt Cobain
La imaginación es nuestra droga más limpia, el avión que nos lleva más lejos y los cimientos de nuestros sueños.
I- DESCUBRIMIENTO
Corría sin aliento parque adelante, sin atreverse a volver la vista atrás por miedo a que un movimiento tan simple le hiciera perder tiempo, pérdida que sería un error fatal si todavía le seguían.
Recordó que iba descalzo cuando una de las zancadas lo situó en medio de un charco, producto del riego reciente. Hasta ese momento, sólo le había preocupado llevar el torso desnudo y no por la temperatura que, aún pasada la medianoche, era agradablemente tibia, sino porque la policía lo pararía si tenía la mala suerte de topar con un coche patrulla y en el caso de ser obligado a detenerse para dar explicaciones sobre su insólito aspecto y por no llevar documentos, los otros, quienesquiera que fuesen, le alcanzarían y, a juzgar por lo ocurrido en el estudio, no les importaría disparar también contra la policía. Unos minutos habían bastado para comprender que eran implacables y que no temían a nada ni a nadie.
Tras lo sucedido en el estudio, un instante de vacilación le costaría la vida. La actuación de los seis u ocho hombres había dejado claro que no deseaban amedrentarle ni negociar; lo único que pretendían era su muerte. No podía pararse a comprobar si continuaban la cacería, debía correr tanto como le permitieran sus fuerzas y desaparecer para sus cazadores.
Sintió que resbalaba en la humedad del suelo y, para no estrellarse, se lanzó hacia el seto que bordeaba el paseo. El tronco de un añoso caobo le permitió frenar, y así pudo recomponer el equilibrio para no caer. Durante los breves segundos empleados en volver a tomar impulso para reiniciar la frenética carrera, Julián Cano se concedió mirar atrás. El paseo estaba desierto y en silencio. El pequeño parque situado al pie del conjunto de edificios tenía reputación de ser muy peligroso; aunque solía hacer allí footing por las mañanas, jamás lo había recorrido de noche a pie; ahora no veía merodeadores, lo que podía ser un síntoma de que quienes querían matarlo habían tomado posiciones en alguno de sus vericuetos.
Los helicópteros tenían que haber actuado de modo que no pudieran ser detectados al sobrevolar la ciudad y habrían volado bajo hasta algún punto estratégico en el parque Los Caobos, pues el pináculo acristalado del lujoso pent house que ocupaba su estudio era visible desde gran parte de los jardines. Este pensamiento aumentó su alarma; si la deducción era correcta y el parque había sido el punto de partida para la última etapa del asalto, debía de haber un grupo organizando la retirada de los atacantes, lo que explicaría el extraño silencio; el parque era, precisamente, el lugar donde menos le convenía permanecer.
No conseguía descubrir signos de que corrieran tras él, pero forzó la velocidad de las zancadas a pesar de sentirse extenuado y de las punzadas que comenzaban a agarrotarle el vientre y los muslos, agitado por el terror y ansioso de salir cuanto antes a las animadas calles de la zona de Sabana Grande, donde podría escabullirse entre los grupos de noctámbulos. Necesitaba angustiosamente llegar al bar Shangai.
Cuando alcanzó el tramo de avenida que le conduciría a la zona de bares y discotecas, se creyó a salvo, pues había mucho tráfico, y aminoró la carrera para tomar aliento. Aunque la calzada estaba completamente llena de coches, que avanzaban lentamente bajo un estrépito de voces festivas que se comunicaban sus destinos y proyectos de diversión de vehículo a vehículo, era escasa la gente que circulaba a pie por las aceras. Algunos lo miraron con curiosidad y por ello se descubrió la sangre en brazos y piernas; tenía la piel cosida a pequeños cortes, no en balde había escapado completamente desnudo bajo una lluvia de fragmentos de vidrio, pero se dijo que no podía sufrir heridas importantes, puesto que acababa de correr sin dificultad más de tres kilómetros. El short que le había dado Ralph, la única ropa que le cubría, tenía manchas de sangre también, pero ninguna parecía húmeda; en todo caso, no sentía dolor o el que sintiera se encontraba eclipsado por el ahogo de la carrera. Para que la curiosidad de los viandantes no se trocara en suspicacia, fingió ser un extravagante practicante nocturno de footing y adoptó la pose atlética y el movimiento rítmico propio de tal deporte.
Antes de llegar al Shangai, tenía que atravesar la zona de la ciudad más animada a esa hora. No iba ser fácil alcanzar el local sin ser abordado por un policía que hallara sospechosa su desnudez. Se preguntaba si sería mejor continuar corriendo o andar con naturalidad cuando oyó el silbido de una bala que pasó rozándole el hombro izquierdo, tan cerca, que sintió en su piel desnuda la fricción del aire agitado por el proyectil. De un brinco, se parapetó tras un vehículo aparcado, pero no consiguió localizar el punto de donde la bala había partido, un coche o desde la otra acera. No tenía tiempo para averiguaciones, urgía correr. Tomó una estrecha transversal por la que no podían seguirle en coche, aunque el desvío aumentaba dos manzanas el recorrido hasta el Shangai. ¿Tenía una alternativa mejor que ir al Shangai? No. Cualquier otro destino exigiría el uso de un vehículo, pues sus amigos más íntimos vivían en elegantes urbanizaciones del extrarradio, todas a más de diez kilómetros de autopista.
Para tomar aire, paró en seco junto al desconchado muro que cercaba un solar. Dado que la Ombú era la única persona a la que podía recurrir, no le convenía desvelar a sus perseguidores a dónde se dirigía. Con agilidad producto de la rabia, escaló el muro

No hay comentarios:
Publicar un comentario